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Desafío
21/05/2013
Rafael Loret de Mola

*Revisiones Olvidadas
*Don Porfirio, ¿Héroe?
*Reelección a la Vista

Cualquiera hubiera supuesto, tras la apoteósica asunción presidencial de los señores Fox en 2000 -no nos olvidemos de las "muchas faldas" que llegaron a Los Pinos desde el primer momento, antes de casarse incluso, para convertirse en un cogobierno de facto y de consecuencias abominables-, que para comenzar el andar de una democracia sin adjetivos, como planteó Enrique Krauze, era indispensable la revisión histórica si, en serio, la ruta era hacia un cambio estructural serio sin arrostrar las miserias humanas de los antiguos caudillajes y de los cacicazgos regionales. No fue así, desde luego, y cerca del finiquito de la derecha en el poder, los fastos del bicentenario de la Independencia y el centenario de la Revolución, celebrados en petí comité por el panismo en plena exaltación de lujos sin auditorías enmarcados en desfiles horrendos con interpretaciones siempre sesgadas, permitieron a algunas de las figuras prominentes de aquel régimen, digamos Paty Flores Elizondo y el ahora difunto Alonso Lujambio Irazábal, enriquecerse a sus anchas.

Durante la gestión calderonista, siempre temeroso y por ende actuante sólo entre tinieblas, las cintas sobre la historia de México, tanto en televisión como en la pantalla grande, tendieron a simplificar la figura de Hidalgo, mostrándolo como una especie de cavernario "mata gachupines" -con el auxilio de un torero hispano gran manejador del descabello-, en los aledaños de Morelia y la ciudad de México dentro de un verdadero festín de sangre. Por un "pelo" no llegamos a la condición de un bárbaro "holocausto" contra quienes insistían en sus derechos invasores -no de conquista, subrayo-, para que cobraran indemnizaciones perpetuas por cada personaje ibérico muerto o aprehendido en condiciones infamantes. Desde luego, la tendencia vindicatoria de quienes explotaron a criollos, mestizos y, sobre todo, indígenas, no ha tenido igual y sólo es comparable a la rastrera comisión de conservadores que se fueron a Francia y Austria en busca de un emperador de pacotilla y encontraron a Maximiliano, el enajenado de Miramar, dispuesto a sentirse dios terrenal en una tierra que ni siquiera sabía donde quedaba. Este baldón jamás podrá superarlo la derecha ni de aquel tiempo ni la actual, incapaz de poner el punto final sobre el vergonzoso episodio, el más atentatorio contra la soberanía de México a lo largo de la crónica nacional.
Con una nueva administración, las tendencias han cambiado. Por allí insisten en que un sector de priístas, entre los más cercanos a Enrique Peña Nieto, insisten en el imperativo de hacer retornar los restos de Porfirio Díaz Mori, que reposan en el cementerio de Montparnase al sur de París, en los mismos terrenos en donde yacen, entre otros Sartré, Camus y Simone de Beauvoire. Aseguran que ya pasó suficiente tiempo, un siglo exacto más dos años, como para superar los traumas de la dictadura que llevó al mayor derramamiento de sangre entre los mexicanos, entre un millón y dos millones de personas -los cálculos son arbitrarios e incluso hay historiadores que señalan como "tope" a tres millones de víctimas-, por la soberbia del poder y la resistencia del tirano a soltar las riendas, animado por los Estados Unidos y repudiado por las etnias a las que había destroncado en el mayor genocidio del siglo XX en nuestras tierras. ¿O nos olvidamos de la tragedia de los yaquis y mayos de Sonora?¿Y la de los mayas en Yucatán? De punta a punta de la geografía patria, no hubo sitio que no fuera hollado.
Algunos reclaman honores porque insisten en las bienaventuranzas materiales y la creación de infraestructura como elementos para justificar aquel periodo en el que, por cierto, el "art noveau", proveniente de Francia -la invasora en 1862 cuando el 5 de mayo "las armas nacionales se cubrieron de gloria", tras el retiro de las tropas españolas e inglesas que consideraron innecesaria una invasión para cobrar una deuda mucho menor a lo que se erogaría con una guerra-, fue excesivo incluyendo hasta arcos triunfales, algunos de ellos todavía en pie en distintas ciudades del país, por donde asaba el jefe del Estado al más puro protocolo aristocrático, acaso un trauma juvenil del personaje quien en Oaxaca sufrió privaciones y fue encarcelado durante la intervención estadounidense a nuestro país. Esto es: se reconcilió con los franceses y sólo al final de su mandato, cuando Ciudad Juárez ya hervía con el maderismo, con los estadounidenses representados por el presidente William Howard Taft, con quien cruzó saludos en El Paso y en la urbe mexicana abriendo así una nueva etapa de relaciones bilaterales caracterizadas por el entreguismo.
Es curioso: en El Paso, Texas, hay una calle que honra a Porfirio Díaz con su nombre a cambio de que en Ciudad Juárez ninguna recuerda a Taft quien, debemos decirlo, fue un mandatario con sólidas banderas sociales y muy querido por ello por las clases obreras y campesinas de su país. Al final de cuentas, quienes cuentan la historia no son los vencedores sino los oligarcas. Quizá por ello se establecen las diferencias de aquella reunión, hasta entonces sin precedentes, acaso para asegurar la hegemonía de los norteños sobre el resto del continente.
Sin embargo, cuando llegó la hora inevitable del exilio para Díaz, éste escogió el vapor Ipiranga para cruzar el extenso mar océano y llegar a Europa -primero, brevemente, a Alemania y después a su "querida" Francia contra la que había blandido su espada en Puebla y otras batallas memorables-, y no alguna de las más cercanas ciudades estadounidenses en donde, acaso, no le hubiesen tratado con tantas consideraciones. Se dio el caso, por ejemplo, que al visitar la Tumba de Napoleón en llamado "Hotel de los Inválidos", en París, le fue ofrecido el honor de sostener la espada "del emperador", que a nadie se le había puesto en sus manos, para saludar "al gran estadista de América". La confusión llega en este punto a su nivel más alto: ¿acaso los franceses olvidaron que fue Díaz quien los derrotó, encabezando a las tropas bajo las órdenes del grandioso general Ignacio Zaragoza Seguin, nacido por cierto en Presidio, esto es en la Bahía del Espíritu Santo, entonces Coahuila que luego habría de convertirse, tras la invasión norteamericana y la cesión de parte de nuestro territorio, en suelo texano; por ello, sus padres emigraron a Matamoros, Tamaulipas, en donde el prócer se formó. Y luego repitió la hazaña, el 2 de abril en 1967, ya sin Zaragoza -muerto cinco meses después de la primera batalla de Puebla-, para reinstalar con ello a la República juarista a la que después combatió hasta erigirse en Presidente de la República por treinta años con un breve intervalo de cuatro en el que fungió en el cargo su compadre, Manuel González.
Es extraño porque los franceses no olvidan y trastocan la historia a su gusto. En el Arco del Triunfo de la capital de los galos, hay un largo listado de batallas supuestamente ganadas por los franceses aunque debajo del mismo pasará el invasor alemán, Hitler, en la hora negra de la derrota; lo interesante, para esta crónica, es que en el lugar aparece el referente de Puebla como una victoria de los franceses como si las hazañas de Zaragoza y Díaz sólo hubiesen sido una febril y pasajera pesadilla. Inaudito.
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